lunes, 14 de diciembre de 2009

SORRY NANA

PERDON PRESIDENCIAL TAMBIEN PARA ESTA POBRE NANA.

Sorry, Nana
Sábado, 12 de Diciembre de 2009 07:36
Autora: Patricia del Río -


Para los periodistas que cubríamos la Parada Militar, la escena fue desconcertante. Gabriela García Nores, la hija mayor del presidente, llegaba elegantísima al patriótico evento, y lo hacía acompañada de una amiga con su pequeña hija. Hasta ahí, todo bien. El problema es que unos pasos más atrás de las elegantes muchachas caminaba, algo tímida, una nana, vestida de blanco, encargada de cuidar a la pequeña.

Hay que decir que, sin que el hecho resultara especialmente grave, sí fue chocante y proyectaba una pésima imagen sobre la familia del presidente. En primer lugar, estábamos en un evento cívico al que todos los peruanos merecemos ir en igualdad de condiciones; en segundo, la nana no solo caminó varios pasos atrás de las señoras por toda la Avenida de la Peruanidad, sino que, a pesar de que los hijos del presidente y sus amigos observaban el desfile desde una cómoda primera fila, a ella la sentaron en tercera o cuarta. En tercer lugar, en marzo de este año, el presidente firmó el Decreto Supremo 2004-2009-TR, que prohíbe obligar a las empleadas del hogar a usar uniformes en espacios públicos.

Como para completar la metida de pata, todo esto ocurrió a menos de 24 horas de que el presidente García le ofreciera disculpas a la población negra del Perú por el racismo y la discriminación de los que ha sido objeto a lo largo de la historia. Nadie va a negar que la ceremonia, que tuvo lugar en Palacio, fue un gesto importante que se debería extender a otros grupos. Sin embargo, la lucha contra la discriminación no se gana con grandes discursos y calurosos aplausos, sino que se debe librar día a día, atacando pequeños detalles que delatan una intolerancia que nos permite tratar al otro como un ser inferior, que no se merece nuestro respeto, que no es digno, en un evento cívico y público, de aparecer, simplemente, como un peruano más.

A diario, a miles de ciudadanos se les cierran puertas por el color de su piel, su condición económica o su lengua materna. Los candoshi se mueren de hepatitis B en la selva y, para el Estado, casi no existen. A las congresistas quechuahablantes las tratan con desdén cuando intentan hacer uso de su idioma nada menos que en el Parlamento. Clubes, discotecas y playas se reservan el derecho de admisión para todos aquellos cuyo apellido no suene lo suficientemente castizo o extranjero. Vamos, seamos sinceros, ¿acaso Alan García le hubiera propinado tremenda patada a Jesús Lora si este hubiese vestido un elegante terno como el de los señores de la Confiep? Lo cierto es que nadie se libra. Cada uno de nosotros es un racista en potencia. El reto está en reconocerlo e intentar evitarlo para, después, no tener que andar ofreciendo disculpas.

Fuente: http://peru21.pe

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