LA CIUDAD Y LOS SUEÑOS DE UN GRAN FABULADOR.




A noventa años del nacimiento de Federico Fellini, se publica un libro de más de cuatrocientas páginas que reúne textos manuscritos y dibujos del cineasta.

Algún lector de ficciones podrá asociar ese nombre con un personaje de novela, pero Rímini, ante todo, identifica a una geografía cara a los cinéfilos de todo el mundo; en efecto, es famosa no tanto por sus playas como por haber sido la cuna de Federico Fellini. Algunos habitantes de esta modesta ciudad romañola se enteraron de su nacimiento, el 20 de enero de 1920, y más tarde lo vieron incursionar en el periodismo, pero nadie notó su ausencia -salvo sus familiares- cuando en marzo de 1939 el muchacho provinciano abandonó el pueblo para instalarse en la tentadora Roma.

Cuando en 1993 el creador de La dolce vita partió de este mundo, un copioso material de su producción (textos, dibujos, vestuarios y borradores de algunas de las 24 películas que había filmado) quedó a la deriva, con riesgo de perderse. Otra parte, en cambio, permanecía en las sombras, o deliberadamente escondida por manos privadas. La Fundación Fellini, que se instituyó en Rímini alrededor de una década atrás en una villa adquirida por el municipio, está rescatando -esfuerzo y dinero mediante- parte de esas reliquias.

¿Qué hay hoy en la mansión de la Fondazione ? Entre otras cosas, un archivo con más de 500 dibujos originales; en otro pabellón está el depósito donde se guardan vestuarios, por ejemplo, los fantásticos trajes de la secuencia "moda ecclesiastica" de Roma (1972), o los de Il Casanova (1976); de este film también se guarda el famoso pájaro mecánico, cuyo pescuezo metálico sube y baja con la música de Nino Rota cuando el amante veneciano pone el sexo en acción.

El más reciente logro de la institución fue la edición de Fellini Oniricon - Il libro dei miei sogni (Fellini Oniricon - El libro de mis sueños), ya traducido al inglés, francés, alemán y a otras lenguas. No al castellano, lo que determina que en el medio local, por el momento, no existan posibilidades de circulación de esta maravilla, codiciada por bibliófilos: más de 400 páginas con textos manuscritos pero, sobre todo, infinidad de insólitos dibujos surgidos de la mano de Fellini. De todos modos, al menos un ejemplar llegó a estas playas; fue el que viajó en la valija de Vittorio Boarini, el director de la Fundación Fellini, invitado a Buenos Aires por Cinemateca Argentina y la Municipalidad de San Isidro.

Además del precioso volumen, que fue donado a Cinemateca en su formato "regular" (hay otro, de casi medio metro de alto por 30 centímetros de ancho, del que se imprimieron mil lujosos ejemplares para coleccionistas), el entusiasta Boarini trajo tres flashes publicitarios que el maestro de 8 y ½ filmó para la Banca d´Italia con Paolo Villaggio (quien en estos films sufre pesadillas por pérdidas que luego son elaboradas junto a su psicoanalista). Y también un corto de animación de 23 minutos que el fiel guionista Tonino Guerra (hoy de 90 años) hizo en Moscú, junto a un equipo de especialistas, con los dibujos del realizador; entre ellos, es posible identificar bocetos para personajes como Gelsomina y Zampanò (la legendaria pareja de La strada ), algunos de los operómanos de E la nave va , otros de aquel Giacomo Casanova que luego encarnaría Donald Sutherland y miles de figuras femeninas voluptuosas, las desbordantes "soberbias vacas salvajes" fellinianas. Este material fue exhibido en una de las noches del II Festival de Cine y Música de San Isidro que se realizó a mediados de diciembre.

Falsa pero verdadera
Vittorio Boarini ya conocía la Argentina y admite que Buenos Aires lo tienta demasiado; cuando viene recorre con fruición San Telmo, descansa en San Isidro y curiosea zonas céntricas porteñas, respaldado por jóvenes gestoras culturales, que ceden ante el encanto y la espontaneidad que este hombre de 74 años es capaz de irradiar. Nacido en Bolonia, dirigió durante décadas la célebre Cineteca de esa ciudad emiliana. Ahora custodia el acervo felliniano de la Fundación, en la ciudad natal del cineasta, un ámbito que, por lo demás, Fellini revisitó en algunas de sus obras mayores. A propósito de estos registros, no pocos suponen que, si bien la Rímini de Amarcord es un evidente producto de una reconstrucción en Cinecittà, lo que en cambio despunta en las evocaciones juveniles desgranadas en Los inútiles ( I vitelloni , 1953) podrían ser tomas de la ciudad verdadera. Pero no: "Federico no filmó ni un metro de celuloide en Rímini, jamás", revela Boarini.

¿Y la playa, y la plaza, o esos bares provincianos que frecuentan los "vagos" de la peripecia, Franco Fabrizi, Alberto Sordi, Riccardo Fellini...? "La playa no es la que da al Adriático, en las costas de Rímini -informa el estudioso boloñés-. Es Ostia, el balneario popular de Roma, que da al Tirreno. Y las secuencias callejeras están filmadas en locaciones urbanas verdaderas, sí, pero no de Rímini sino de Florencia."

Esos desplazamientos obedecieron a que Sordi tenía un contrato para actuar en teatro, todas las noches, con la Banda Osiris. "Osiris era una capocomico -explica el veterano curador-, una empresaria de espectáculos de los cuales ella era la soubrette , y Sordi debía seguir a la compañía. Por eso gran parte del film se rodó en Florencia, donde la Banda se presentó durante varias semanas. De modo que Sordi durante el día actuaba para las cámaras de Los inútiles , mientras que por las noches actuaba en teatro, en la revista de varieté que lideraba esta gran vedette . El set de Federico era móvil, seguía el itinerario de la Banda Osiris, una compañía de bellísimas bailarinas semidesnudas, que alternaban con el cómico, que era Sordi."

En cuanto a Amarcord (que es pura evocación: "yo me acuerdo", que en dialecto suena "A m´ha ricord"), allí se ve una Rímini reconocible, pero reconstruida en estudios, a saber, el Teatro Cinque de Cinecittà. "Esto es interesante -apunta Boarini-, porque Fellini, para hacer una cosa ´auténtica´, debía falsificarla. Es paradójico, pero en él funcionaba así. Es decir: para convertirla en verdadera, la debía hacer falsa, de artificio. En Cinecittà podía resurgir la Rímini ´vera´, según su concepto artístico, que se regía más por la memoria que por la documentación literal. Y, por lo demás, aquella Rímini de los años treinta no existía más. La del film es una Rímini mítica: se reconoce el cine Fulgor, la Piazza Grande, el Grand Hotel. Sólo que si vas al Grand Hotel actual, verás que no están esos arcos que Fellini le agregó, porque en un momento llega un Gran Jeque con 200 mujeres, y entonces en el film se le dio un aspecto medio árabe?"

El gran soñador
Una peripecia estética de esta naturaleza, que prestigia lo fantasmagórico por sobre el dato tangible, real, debía tener un correlato en el reino de los sueños, dominio en el que Fellini se movía con pasmosa familiaridad. Y, a juzgar por lo que dibujó, era una especie de Marco Polo o de Jacques Cousteau que, en lugar de internarse en continentes extraños o en profundidades oceánicas, rastreaba y "documentaba" puntualmente sus exploraciones nocturnas, su recorrido por un universo soñado.

"No hubiéramos sabido cómo funcionaba su imaginario -reflexiona Boarini- si no fuera porque Federico, desde niño, fue un dibujante compulsivo. Dibujaba todo el tiempo: mientras hablaba al teléfono, mientras tomaba un café con amigos, mientras comía. De ahí que hay centenares de bocetos en servilletas, muchas de las cuales conservamos en la Fundación. Ya desde sus comienzos, con El Sheik , él bocetaba los trajes y se los daba a los vestuaristas. Concebía una película y la dibujaba antes de filmar. ¿De dónde venía toda esa fantasmagoría que brotaba de sus lápices de color? De sus sueños. Ocurrió que otro regista , Vittorio De Seta (el de Banditi a Orgosolo ), viendo el estado de depresión en el que Federico había caído después de La dolce vita , le recomendó un psicoanalista; él se resistía, porque había tenido uno, freudiano, que lo había defraudado. Pero el que recomendaba De Seta era junguiano; se llamaba Barnard, y le dijo: ´Usted sueña cosas formidables, pero se pierden; tendría que tomar nota de sus sueños´."

Fue importante que en lugar de "anotar" sus sueños, los dibujara. Lo hizo regularmente desde 1960 hasta 1980; después siguió, con intervalos, hasta 1990. Todos sabían que Fellini atesoraba su "libro de sueños", pero nadie lo había visto, era algo bastante secreto. "Cuando murió, nos preguntábamos dónde estaría ese libro -cuenta Vittorio-. Pues bien: permanecía guardado en un banco, y estaba en manos de sus seis herederos, por el lado de los Fellini y por el de los Masina. Pero no lo sacaban de la caja de seguridad."

Así llegamos a 2002 (hacía nueve años que Fellini había muerto). Su hermana donó una parte de los dibujos y la sobrina Francesca, hija de Riccardo, vendió su parte a la Fundación. "Entonces empezamos a ordenar texto y figuras -retoma Boarini-. Estudiamos mucho antes de editarlo porque es un libro complicado. ¡Y muy osado! Sí? [Vittorio ríe, mostrando imágenes semiporno concebidas por Fellini], muy atrevido en algunas figuras femeninas. Publicamos una edición facsimilar con 400 páginas autógrafas de Federico. Eso sí: cuenta cosas que no son ciertas. Miente, por ejemplo, cuando dice dónde habían ido a parar los dibujos de 1964 a 1970, lapso en el que parecía que no había dibujado."

Pero esto siempre fue así, y el mismo Fellini reconocía su condición de fabulador. Por lo demás, está implícito en la conclusión del propio Boarini cuando, a propósito del libro, señala: "Está lleno de sorpresas, un testimonio que a veces es falso pero que siempre resulta conmovedor. El legado, en fin, de un soñador, mentiroso y genial".
Por Néstor Tirri

http://www.carlosianni.com.ar/blog/173/federico_fellini:_la_ciudad_y_los_suenios_de_un_gran_fabulador._por_nestor_tirri.html

La Nación. 23 de enero de 2010

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