jueves, 19 de enero de 2012

PORTENTA, OSTENTOS, MONSTRUOS, PRODIGIOS Y MARAVILLAS.



Cinco eran las palabras con las que se nombraban las cosas asombrosas: Portentos, ostentos, monstruos, prodigios y maravillas. Para titular este trabajo, tomo prestadas de Isidoro de Sevilla las cuatro primeras. Así se refiere él en el libro XI de Las Etimologías a los seres prodigiosos que habitan la periferia del mundo, la "Terra incógnita".

Explica Isidoro que "Se conocen con el nombre de portentos, ostentos, monstruos y prodigios, porque anuncian, manifiestan, muestran y predicen algo futuro". Portentos deriva de portendere, que significa anunciar de antemano; ostentos procede de ostendere, que significa manifestarse o manifestar algo que va a ocurrir; monstruos se origina en mostrare, porque designa a algo que se muestra (se manifiesta), y prodigios deriva de praedicere, que significa predecir. "Y éste es su significado propio, que se ha visto, no obstante, corrompido por el abuso que de estas palabras han hecho los escritores." (Isidoro de Sevilla, libro XI de Las Etimologías.)

La quinta palabra asombrosa, Maravilla, deriva del verbo mirari que en latín significa admirar, mirar con admiración, asombrarse. De su plural neutro, mirabili, deriva la palabra "mirabilia", generadora tanto de ‘maravilla' como de ‘admirable'. Con el término mirabilia los hombres de la Edad Media nombraron al conjunto de cosas admirables con las que cada día Dios, por medio de la naturaleza -que lo hace nacer todo, de ahí su nombre-, les sorprendía y asombraba. Para el hombre del Medioevo ‘lo maravilloso' no era una categoría mental cargada de interés alegórico; en el mundo de los ‘mirabilia' lo importante era el fenómeno, no a su significado, pues las maravillas eran realidades físicas, un universo de objetos con existencia real y material a los que se podía acceder y conocer, pero que no estaban al alcance de la mano.

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El imaginario tardomedieval y renacentista estuvo repleto de criaturas monstruosas que prosperaban en los espacios periféricos de la obra de arte. En la última etapa de la Edad Media su presencia era profusa y constante. Aunque casi siempre era el estamento eclesial el que encargaba los trabajos en los que se prodigaban estas extrañas criaturas, los artistas que las elaboraban ponían en ellas los aspectos más mundanos, lúdicos e imaginativos de su arte. Debían, sin embargo, relegarlas a los espacios secundarios de la obra. De esta ubicación marginal procede la denominación genérica de ‘marginalias' con la que se les nombra habitualmente. Las encontramos en los márgenes de los manuscritos ilustrados; en los relieves arquitectónicos de los pórticos y columnas de las iglesias; en las vidrieras; en las sillerías de los coros; en las cornisas de los tejados, en las remotas tierras y océanos de los mapas, y, en general, en todos los espacios secundarios del arte en los que el ingenio y la imaginación hacían convivir razas humanas de extraña morfología con animales reales o fabulosos, criaturas híbridas, seres mitológicos y bestias de asombrosa naturaleza.

La representación de los monstruos y prodigios se sustentaba en una amplísima tradición oral y escrita que había cruzado toda la antigüedad y la alta edad Media sin perder ni un ápice de su vigor. Salieron de antiguas leyendas de los pueblos mesopotámicos, índicos, egipcios y hebreos y de sus respectivas mitologías y religiones; desde allí, se instalaron en el acervo cultural de occidente. Autores clásicos griegos y romanos indagaron en su naturaleza y los situaron en un espacio propio y les esbozaron un paisaje. La tradición cristiana los elevó al rango de criaturas de Dios y les confirió un significado alegórico que permitiera extraer enseñanzas morales. La Baja Edad Media desarrolló en torno a ellos una abundante literatura de aventuras. Al fin, las crónicas y los relatos de viajeros los consagraron y el descubrimiento y exploración de nuevas tierras los condujo al fin del mundo; a medida que se ampliaban los límites de la tierra conocida, su hábitat natural se fue relegando a los siguientes espacios periféricos. Sucesivamente pasaron a ocupar América, Australia, la Antártida, el centro de la tierra o, modernamente, el espacio sideral. Porque la fantasía humana ha cambado poco y en cualquier mundo en el que el hombre imagine que puede poner el pie, pone también un monstruo.

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