"LA QUINTA OLA" DEL GERONTOSURFISTA ALVIN TOFFLER

Alvin Toffler fue el que patentó la idea de que en los noventas estábamos viviendo la gran "tercera ola", o sea la ola de la información y la tecnología (el Internet, la telefonía celular, la información satelital, los grandes descubrimientos científicos, médicos, biotecnológicos, etc.). Las dos olas anteriores estaban referidas a la revolución agrícola (la cual se habría iniciado hace unos 10 mil años cuando el hombre pasó de ser nómada, recolector y habitante de las cavernas a sembrar y domesticar los productos que iba a consumir, y a construir sus propios habitáculos) y a la revolución industrial en sus dos o tres fases marcadas (fines del siglo XVII con la potenciación –y luego superación- de las máquinas de vapor que fueron en un principio –y a veces no se quiere reconocer- la especialización a escala de esa primera “máquina” a vapor que fue la Eolípila de Herón inventado el siglo I de nuestra era). Fue Toffler, también, el que, entusiasmado y enceguecido por sus “predicciones”, cada vez más delirantes sobre el mundo–y algunas a veces ciertas, a pesar de todo-, nos adelantó en una entrevista en los años noventas sobre la “cuarta ola” (contrario a la propuesta de ecologistas “arcaicos” que hablaban de la “cuarta ola” como una fase de autoconciencia y prevención de desastres, etc.) que ocurriría cuando el hombre apoyado en todas las revoluciones y con la ayuda de la información y de la técnica saldría hacia el "universo extraterrestre" (sic) a fundar ciudades, naciones y extender el poder del hombre en la tierra, como producto de la carrera espacial, más allá de los confines de la imaginación. Claro, todo esto no tendría porque tener mayor crítica de mi parte sino fuera porque Toffler lo veía como que ya estaba ocurriendo o, en todo caso, se iba a dar a la vuelta de la esquina. Por ahora sólo nos queda ver esto como parte de la literatura de ciencia ficción o como la aventura espacial de algún multimillonario ruso que quiere construir hoteles en la luna.




Fue Toffler el que, animado por el “crecimiento” cabalgante en Estados Unidos (a costa de exprimir a los países pobres) dijo que “el punto de inflexión” -de su surfista "tercera ola"- fue en 1955 cuando los americanos luego de erigirse como potencia, después de la segunda guerra mundial, sus empleados administrativos y trabajadores de servicios superó por primera vez – en número, se entiende- al de los obreros manuales (para Toffler estos últimos eran el rezago y la podredumbre excrementicia de la segunda gran ola marcada por la revolución de las máquinas y la industrialización de las chimeneas). Así este señor se llenaba la boca con las “sociedades desmasificadas” conceptos que entendían el futuro cercano como el rompimiento de la producción en serie, característica principal, de la segunda ola y el inicio de la “mercadotecnia de partículas”, algo así como la mercadotecnia individual determinada o dirigida para individuos y no para familias, en lugares (se entiende cada vez mayores) donde el hombre estaba optando por vivir solo o con un carga “familiar” mínima, sin hijos o anucleadas, divorciados totalmente de ideas tribales o clanes familiares y acentados en el egoísmo y la egolatría, etc.

Así nuestro futurólogo de “mode”, cortesano y pitoniso de presidentes de grandes naciones y principalmente de Estados Unidos, apuntaba conceptos, digamos, donde había cierta convención (o predicción siguiendo la curva de Gauss) con ideas verdaderamente aberrantes o hasta cierto punto escritos con algún tipo de fobia. Transcribo un párrafo de “La creación de una nueva civilización” escrito al alimón entre Alvin y Heide Toffler, su esposa. Pg. 39: “A medida que las economías son transformadas por la tercera ola, se ven obligadas a ceder parte de su soberanía y a aceptar crecientes y mutuas intrusiones económicas y culturales. Así pues, mientras los poetas e intelectuales de regiones económicamente atrasadas escriben himnos nacionales, los poetas e intelectuales de los países de la tercera ola cantan las virtudes de un mundo “sin fronteras” y de una “conciencia planetaria”.



La metáfora de todo esto, debemos entender, es que los “países periféricos” (tercer mundo) contrario a los países del canon (primer mundo) estábamos –si es que no lo estamos ya- condenados a un atraso intelectual (¿mental?) producto de una situación económica paupérrima, alejados años luz de la tecnología y la ciencia, y cantándole a un nacionalismo que era algo así como una característica grotesca de la autofagia, la canibalización (por falta de horizontes) y la mediocridad (por la falta de un entendimiento del problema), mientras que los “grandes poetas” del primer mundo –no se preocupen por el término, se entiende fácilmente lo que ha querido decir este señor con la palabra “poeta”- le cantan a las virtudes de un sistema que ha derrotado sus propias fronteras y le construyen y erigen loas y estatuas a las naves espaciales y al conocimiento supra del hombre que ha vencido (oh!!) al hambre, la distribución de las riquezas, las grandes enfermedades y pestes, la polución y la destrucción de la naturaleza, la esclavización y el saqueo de nación contra nación, etc. En otras palabras, para Toffler, el poeta que escribe “himnos nacionales” es algo así como el poeta popular contrario censu y por antagonismo al “intelectual” mester de clerecía que ha encontrado la verdad (iluminatis) y se conduce hacia ella saludando la “conciencia planetaria”.



Pero no solo eso (y esto va para los que me acusan de tener una carga adjetival “muy fuerte” y que debiera “moderar” en beneficio de mis escritos y de los lectores ¿¿??), sino que Tofler en un arranque de anarquía y de retorno al folletín y al lenguaje lumpenburgués (aprendido a escondidas del lumpen proletariado) apunta sin asco lo siguiente (transcribo la cita completa para evitar suspicacias o reacomodos a la hora de la interpretación):



“Unas generaciones nacen para crear una civilización, otras para mantenerla. Las generaciones que desencadenaron la segunda ola de cambios histórico se vieron obligadas, por la fuerza de las circunstancias, a ser creadoras. Los Montesquieu, Mills y Madison inventaron la mayor parte de las formas políticas que todavía aceptamos como naturales. Apresados entre dos civilizaciones, su destino era crear.

Hoy, en todas las esferas de la vida social, en nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras empresas y nuestras iglesias, en nuestros sistemas energéticos y nuestras comunicaciones, nos enfrentamos con la necesidad de crear nuevas formas de la tercera ola, y millones de personas de muchos países inician ya la tarea. Sin embargo, en ninguna parte es la obsolencia tan manifiesta o peligrosa como en nuestra vida política. Y en ningún terreno encontramos ahora menos imaginación, menos experimentación, menos disposición a considerar un cambio fundamental.

Incluso las personas que son audazmente innovadoras en su propio trabajo –en sus bufetes o sus laboratorios, sus cocinas, sus aulas o sus empresas- parecen petrificadas ante cualquier sugerencia de que nuestra constitución o nuestras estructuras políticas están anticuadas y necesitan ser sometidas a una revisión radical. Resulta tan aterradora la perspectiva de un cambio político profundo con sus riesgos concomitantes, que el statu quo, por surrealista y opresivo que sea, parece de pronto el mejor de los mundos posibles.

A la inversa, tenemos en toda sociedad una periferia de seudorrevolucionarios, empapados en los supuestos anacronismos de la segunda ola, para los que ningún cambio propuesto es bastante radical. Arqueomarxistas, anarcorrománticos, extremistas de derechas, demagogos racistas, fanáticos religiosos, guerrilleros de salón y terroristas hasta la médula que sueñan con tecnocracias totalitarias, utopías medievales o estados teocráticos. Incluso mientras nos adentramos en una nueva zona histórica, alimentan sueños de revolución extraídos de las amarillentas páginas de folletos políticos de antaños”. Ob. Cit. Pg 136-136.



Y es que uno al leer a Toffler se da cuenta de que sus escritos (a pesar de ser best sellers) no están hechos para “convencer” o “informar” a las grandes mayorías, al fin y al cabo, ellas son las que deben obedecer (y ser llevados como ganado al matadero), al margen de que puedan significar una fuerza (bruta) importante, simplemente, no hay otra razón por las que debería incluirse (al menos en la toma de decisiones) dentro de un programa de “cambios” a efectuar. El platonismo vía el esclavismo (o viceversa) y los designios áulicos y divinos se desborda, por ratos, de este futurólogo. Él cree ver una nueva acrópolis donde sólo hay acumulación de basura y detritus humanos. Cree ver orden donde sólo hay un montón de cerdos mordiéndose unos a otros. Pero lo peor es que cree visualizar un futuro prometedor al final del camino donde no hay más autopistas y sólo espera el desbarrancadero (quizás Bill Gates se dio cuenta de esto con las "autopistas de información" y se virtualizó totalmente al entender que el futuro estaba más cerca a una pantalla del televisor que a la realidad misma. Recomiendo leer con guantes y con pinzas y, si se puede, con mascarilla, lo que él llama “Camino al Futuro”).



Y es que las “masas” para Tofler están más cerca a la definición de Ortega y Gasset que a las elucubraciones de Karl Marx: para Tofler las masas son un conjunto de individuos sin concienciay sin mayores sentidos que necesitan ser guiados y conducidos hacia su salvación o hacia el fracaso, y dependen de sus amos o sus regentes quienes deberán de conducirlos amarrados del pescuezo.



Obviamente, este post no trata de rebatir las ideas, claras y aceptables, en torno al "choque de civilizaciones" o "la colisión del socialismo con el futuro", o lo que él llama “la superlucha”, “el conflicto de electorados” o “el espectro de trabajo mental”, etc., sino criticar por qué el autor se vanagloria(ba) en los alcances de un capitalismo que ahora mismo no sabe qué hacer para mantenerse de pie y que recurre a prácticas otrora criticadas y satanizadas, propios de un modelo estalinista de economía controlada como es la estatización de los bancos, la participación activa, vigilante y cuasimilitar del Estado en la economía y el sistema financiero, y el “robo” o la expropiación de los ahorros de ciudadanos para salvaguardar los intereses de un sistema que necesita, hace buen tiempo, ser reemplazado y que -lastimosamente y en un mar de contradicciones- tendrá que desempolvar esos libros amarillentos y esos “folletines de antaño” para no verse sepultado en una crisis sin precedentes y que podría significar no sólo el fin de un sistema caduco sino el apresuramiento en el cambio del poder político-militar en el mundo actual cuyas predicciones de analistas avisados estaba apuntado para el año 2020 ó 2025.

Quisiera acabar esta primera parte con una pregunta necesaria: ¿Por qué el sistema capitalista o los ideólogos capitalistas no creen en el sistema capitalista? En otras palabras, por qué, para salvar a este sistema decadente, no se recurre –y no es que esta sea mi voluntad, sino simplemente aplicar la lógica liberal-, por ejemplo al Keynesianismo, o sea elevar el crecimiento del gasto público y poner dinero en el bolsillo de los consumidores, para que ello revierta en mantener en movimiento la faja de transmisión económica y así destrabar esta crisis que se agrava día a día. Y es que la quinta ola, o sea el fracaso del modelo capitalista (o lo que los surfistas llaman “el espumón”, la continua retahíla de olas que no deja sacar la cabeza para respirar) estaba por llegar y no lo pudo visualizar el futurista fenilcetonúrico Alvin Tofler, acostumbrado a ver sólo las bondades de un sistema que hoy se tambalea y da manotazos de ahogado y, al parecer, gritos de ayuda a teóricos promarxistas de control de mercados, sin olvidar que Islandia (país declarado en quiebra y que ha pedido asistencia de la ONU) está siendo reflotada con dinero de la Rusia acomodaticia.

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