viernes, 21 de enero de 2011

EL DERECHO DE PERNADA


El derecho de pernada pervive

Ramy Wurgaft

El Mundo

Cuando el mundo se ha escandalizado por la violación y embarazo de una niña nicaragüense, el periodista de CRÓNICA viaja a Argentina para comprobar que aún permanece el abuso sexual de los "amos" sobre las hijas de sus empleados. Testimonios directos relatan una práctica abominable muy habitual en Sudamérica.

Una bandada de pájaros echó a volar, dando graznidos, cuando el patrón la tumbó en el claro y comenzó a hurgar entre sus ropas."Sentí como si me clavaran un puñal en el vientre y perdí el conocimiento. Cuando desperté, el hombre se había ido y las hormigas se paseaban por la sangre que manchaba mis piernas". Gruesas lágrimas ruedan por las mejillas de Ramona, 15 años hoy, al evocar la tarde de hace tres en que don Eulalio Figueroa la llevó de paseo al cañaveral. Es como si no pudiera despertar de la pesadilla de su desvirgamiento precoz.

"Había regresado de la escuela y me encontré con que la casa estaba vacía. El zaguán donde mamá desgranaba las habas y el trapiche donde mi padre preparaba el licor para los estancieros estaban desiertos. Me sobresalté, pues era extraño que a esa hora no hubiera un alma". Ramona pensaba acudir donde sus tíos, cuando apareció la camioneta que todas las mañanas recogía a la gente para llevarla a la zafra. El vehículo venía describiendo zigzag y espantaba a las gallinas con sus bocinazos, pues el chofer era travieso y apestaba a alcohol. Cuando don Eulalio se apeó, Ramona clavó instintivamente los ojos en sus pies descalzos, asumiendo la actitud servil que los peones salteños se transmiten de generación en generación. Es una cuestión de supervivencia, pues todavía persisten enclaves donde el inquilino y su prole están sujetos a los caprichos del amo. Si abandonan el feudo se les considerará vagos o díscolos y ningún empleador les dará trabajo.

Los Figueroa, que hace un año se establecieron en Miami, constituían una de las familias más respetadas de Salta por sus posesiones y su abolengo. Habían heredado de sus antepasados, los encomenderos españoles, grandes extensiones de tierra, donde cultivaban la caña de azúcar y la remolacha. Orgullosos de sus blasones, se empeñaban en mantener vivas las tradiciones. Las mujeres acudían a la iglesia, los niños se educaban en colegios religiosos y los varones ejercitaban el derecho de pernada, costumbre atávica que permite al patrón someter sexualmente a las niñas antes de que contraigan nupcias o cuando han tenido su primera menstruación. Al novio, a la familia, a los amigos no les queda más remedio que tragarse el veneno de la humillación, so pena de ser expulsados o de recibir un castigo corporal.

"Comencé a atar cabos. Mi familia se había esfumado para dejar libre el terreno al patrón", dice Ramona. También entendió por qué, un tiempo antes de la visita, su padre se había vuelto taciturno y le esquivaba la mirada. En cambio su hermana mayor, que siempre había sido arisca, comenzó a darle un trato cariñoso. "Una noche se metió en mi cama y me estuvo hablando de que las chinitas (indígenas pobres) tenemos que armarnos de resignación".

La chica, que entonces tenía 12 años, no podía sospechar que su confidente, que probablemente había pasado por el mismo trance, la estaba preparando para su inmolación. Sólo tras muchas vacilaciones, Ramona (seudónimo con el que protegemos su identidad) accedió a prestar testimonio a CRÓNICA. "Yo solita, sin la ayuda de los psicólogos -¿de dónde habría sacado dinero para tratarme?- salí adelante. Tengo un novio y logré trabajo en una tienda, lejos, muy lejos, de ese horrible cañaveral. Me complace saber que los Figueroa tuvieron que cerrar el ingenio azucarero y vender. Castigo divino, por abusadores".

Las autoridades niegan que el derecho de pernada se siga practicando en la provincia norteña ni en ningún otro rincón de Argentina. Un concejal dijo a CRÓNICA que el país emergió hace siglos de la barbarie. "Que un hombre se aproveche de su posición para abusar de una mujer es algo que, desgraciadamente, ocurre en todo el mundo. Eso se denomina abuso sexual y aquí es considerado un delito que la ley sanciona con el máximo rigor".

Sin embargo, un estudio publicado en el año 2000, por la Universidad Nacional de Salta, consolida la sospecha de que el derecho de pernada es una práctica con plena vigencia. Las tasas de natalidad más altas y el número más elevado de hijos de padres desconocidos -huachos, según la expresión vernacular- se registran en las localidades rurales, donde prevalece el régimen estanciero. En el departamento de La Caldera, el índice de natalidad es del 10,1%; el 30% de las criaturas que nacieron entre 1995 y 1999 llevaban el apellido de la madre. En Rosario de la Frontera, la natalidad es del 21,3% y el porcentaje de casos en que no se puede establecer la paternidad alcanza el 11%. En Rosario de Lerma, donde el 9% de los niños son fruto de "uniones irregulares", el índice de natalidad supera el 23,1%.

El derecho de pernada no afecta sólo a las zonas rurales de Argentina. En Brasil, Luiz Inácio Lula considera prioritaria para la acción de su gobierno la erradicación del "vasallaje sexual" -como lo definió el escritor José Lins de Rego-. En las haciendas azucareras del nordeste del país es práctica habitual. Un estudio realizado por los sociólogos del Movimiento de los Sin Tierra (MST) muestra que en las regiones rurales del estado de Pernambuco el 15% de los nacimientos de la última década no ha sido registrado por las autoridades civiles ni por la iglesia. "Esto se debe a que las madres se avergüenzan de haber dado a luz hijos ilegítimos, fruto del abuso de que son víctimas por parte de los poderosos", declara Joao Stedile, coordinador general del MST.

"Antes de realizar la pesquisa, suponíamos que el fenómeno tenía que ver con el nomadismo de los jornaleros, que dejan preñadas a las mujeres y luego migran en busca de trabajo. Ahora se esclarece que los coroneles [terratenientes] siguen aferrados a las costumbres del siglo XVIII".

En Ecuador, el nuevo presidente, Lucio Gutiérrez, se ha fijado una meta similar a la de sus vecinos. Mauro Ayatahi, uno de los líderes del movimiento indígena Pachacutik, ha denunciado que en los ingenios caucheros del norte, en la zona limítrofe con Colombia, los propietarios "practican a destajo las malonadas [derecho de pernada], destruyendo el tejido familiar y condenando a miles de mujeres y niños al escarnio y la miseria".

En los plantíos de hierba mate, en Paraguay, sobre todo en la región de Chaco, los propios recolectores han acudido al Defensor del Pueblo para que investigue estos delitos y se castigue a los culpables...

El abogado y la niña

El caso de Simón Hoyos, que en estos días estremece a los argentinos, demuestra que, pese a los desmentidos, aún existen reductos donde la voluntad y apetitos del patrón son ley sagrada. El viernes de la semana pasada los administradores del hotel Las Palmeras, afueras de Salta, se sobresaltaron al oír los alaridos que provenían de una de las habitaciones. El gerente, Carlos Romay, forzó la puerta de la suite 23 y quedó petrificado: en la cama yacía semidesnuda una niña junto a un sujeto a quien de inmediato reconoció, pues su rostro suele aparecer en las páginas rosas. Era don Simón, abogado y propietario de la hacienda San Clemente, al norte de Salta.

El estanciero farfulló una excusa: "La traje para darle un hidromasaje, no sabés la costra de mugre que traía". Envuelto en una sábana, se dio a la fuga en su todoterreno. Los hoteleros no titubearon en presentar la denuncia en la comisaría local, donde les atendió un oficial que mataba el tedio resolviendo crucigramas. Sin levantar la vista del periódico, el agente desechó con ira la acusación.¿Estaban culpando a Simón Hoyos, el dueño de la mayor estancia tabacalera, de abusar de una nena? El oficial les despidió con una palmadita en la espalda: si hay algo que a ese caballero le sobran son las minas (mujeres bellas); ¿para qué iba a enlodar su reputación en un acto monstruoso? Por lo demás, no era recomendable andar difundiendo calumnias, pues Hoyos poseía influencia como para arruinarles.

Indignación

Lejos de acobardarse, los del hotel se comunicaron con cuanta gente conocían en Salta y alrededores, incluidos algunos políticos honestos que no vacilaron en dar voz a su indignación. Fue tal el clamor que la Policía se vio obligada a sacudirse sus prejuicios; a la mañana siguiente Hoyos era detenido cuando se apresuraba a tomar un vuelo a Perú.

Ese mismo día, en el despacho del juez Luis Agüero Molina comenzaba a descorrerse el velo sobre la faz oscura de la soleada Salta y de sus prohombres. La víctima, de ocho años, resultó ser la hija de una empleada doméstica de la familia Hoyos en la residencia de San Clemente. La madre de la pequeña declaró al juez que Hoyos, de 54 años, se había aprovechado de su ausencia para llevarse a la niña. El dolor que mostraba era genuino: varias veces el médico debió intervenir cuando estuvo al borde del colapso. Pero sus declaraciones se contradecían con el testimonio de su hija. La menor había contado que le rogó que no la dejara sola, justamente por el miedo que le inspiraba aquel patrón que la miraba de una forma extraña.

Ahora se sospecha que la madre no sólo fue forzada a ser cómplice de la violación, sino que su hija, la víctima, podría ser fruto de su amancebamiento con el patrón, quien la trajo hace años de una remota aldea del Altiplano, para que liara cigarrillos en la tabacalera. Al cabo de un tiempo, igual que hacían los terratenientes algodoneros del sur de Estados Unidos con sus esclavas predilectas, la llevó a que hiciera el aseo en la casa grande. Cuando el juez preguntó a la sirvienta si había mantenido relaciones con el sospechoso, ella calló. Tampoco salió de su mutismo cuando Agüero Molina quiso averiguar si otra de sus seis hijas había sido violada por el estanciero.

No hacía falta que la desdichada hablara. Al día siguiente, la mayor de las hermanas se presentó ante el magistrado para hacer la denuncia. Hoy tiene 18 años. En 1999, el susodicho la habría recogido de su casa para llevarla de paseo. Al hallarse en un descampado detuvo el vehículo y la violó dentro de la cabina. "Somos unas mujeres desvalidas. Aparte de un hermano pequeño, no hay varones en casa. Y aunque los hubiera, ¿de qué valdría? Nadie puede con el jefe; él es como un dios en estas tierras", declaró la joven.

Así como se va desenvolviendo el caso, aparte de ejercitar desbocadamente el derecho de pernada, Simón Hoyos podría ser hallado culpable de un delito que no está santificado por la tradición: el de incesto.

El destape del caso Hoyos en los periódicos, el testimonio de las dos niñas y la determinación con que están actuando los jueces han conseguido rasgar el muro de silencio en torno al atávico ritual. Una tras otra, venciendo miedos ancestrales, las mujeres de San Clemente se atreven a denunciar al patrón por haberlas pisado (sinónimo de violación).

La primera en romper el tabú fue Sandra del Valle Rodríguez, una mujer de 26 años que se ha pasado la vida entre las matas de tabaco de la estancia. Tenía 13 años cuando el patrón apareció en el plantío y de súbito ordenó a los peones, entre ellos uno de sus hermanos, que fueran a cumplir otras tareas. Bastó con que uno de los inquilinos murmurara para que el estanciero hiciera restallar el látigo. Pese a su corta edad, Sandra sabía perfectamente lo que se traía el estanciero cuando comenzó a desabrocharse el cinturón. De nada valía que gritara. Nadie acudiría a socorrerla.

La niña soportó la ceremonia de vasallaje con servidumbre. "No creo que la justicia le haga nada a ese demonio. Cierto que está detenido, pero aun en la cárcel sigue dándose los lujos de siempre. Ojalá me equivoque, pero adivino que pronto estará libre para volver a sus andanzas".

El testimonio de Inocencia Segovia puede complicar aún más, si cabe, el embrollo judicial de Simón Hoyos. La ex jornalera declaró ante el juez que al enterarse, hace dos años, de que el estanciero había intentado abusar de su hija adolescente, acudió a su marido, para que se quejara ante el capataz.

Nadie sabe de dónde Felipe, el remolachero, sacó la osadía de palabrearse con el muy irascible brazo derecho del patrón. El caso es que éste lo llevó a la cantina y allí, entre trago y trago, le dio algunos consejos amistosos. "El vino hizo que se le soltara la lengua, porque al ratito de estar juntos me comentó que el jefe hacía arrojar al pozo de caltenía a los alzados y a los bocones". A Felipe no le hizo falta seguir escuchando al beodo para entender el peligro al que se exponía. Esa misma noche, el matrimonio y sus hijos huían del rancho con apenas lo puesto.

Hoy, aunque sólo pueden conseguir trabajos ocasionales, se consideran afortunados de haber escapado de San Clemente. Puede que los homicidios que se le achacan al estanciero no sean más que una irradiación del aura satánica que le rodea, pero Santiago Pedroza, el abogado que representa a las mujeres demandantes, pidió al juez que se realice un reconocimiento del lugar.

Prédicas de sacerdote

Según el antropólogo José Robles, el derecho de pernada es práctica recurrente en Salta: lo prueba que los sacerdotes aún lo condenen en sus prédicas. "Antaño los patrones se jactaban de andar sembrando huachos por sus propiedades. Hoy son más discretos, pero mantienen esa forma de subyugación". Robles asegura que los casos de violación de menores púberes o casaderas "se cuentan por decenas".

Un fotógrafo y el corresponsal de CRÓNICA tratamos de llegar al caserío de Las Torcazas, a fin de hablar con una de las chicas que, según nos informaron, había sido pisada. No bien habíamos traspuesto el portón del caserío, un hombre montado a caballo nos despidió con un compendio de los peores insultos amerindios.

Laura, de 17 años, tuvo el valor de venir a San Juan de Salta (capital de la provincia) donde nos relató su calvario. "Hace pocos meses, el hijo del patrón y un amigo suyo me arrastraron detrás de unos matorrales y allí se me vinieron encima como animales. Al día siguiente me secuestraron de casa para lo mismo". Laura dice que el enjuiciamiento de don Simón la reafirma en su decisión de denunciar al Principito, como llaman al heredero de la hacienda. "Se acabó la esclavitud, acudiré al juez con la cabeza alta porque las campesinas también somos criaturas de Dios".

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